El encuentro
Ati . La Gran Madre. La Diosa de cuyo vientre este mundo proviene y cuya luz y cuyo calor a todos entrega la vida y en cuyo sueño eterno nos acoge al concluir nuestro tránsito por las tierras que nos hospedan. Ati . A ella debemos la hierba fresca que acaricia nuestros pies en primavera, el perfume de la estepa al derramar sobre ella las lluvias saciadoras, el dolor bajo los sueños al sabernos inmerecedores de tu bondad insospechada pero a cuyo imposible agradecimiento nos encaminamos. Y es a ti, Ati , a quien elevamos nuestras esperanzas en el umbral de nuestra madurez: dejamos para siempre atrás la infancia, bajo cuyo abrigo hemos sobrevivido, para abrazar nuestra adultez y poder, por fin, ser ciudadanos de pleno derecho. Mondo, año 768 de la Era Segunda . Los aactli se reunían siempre en las Praderas Lunares, formando un impresionante campamento de jóvenes tan bulliciosos como ilusionados, a escasas 25 cuadras de la Ciudad de las Estrellas, Ixitl. Sólo su nombre ya envía escalofríos...